Cuento / Las mujeres de esa familia

Las mujeres de aquella familia podrían haber construido un fuerte, un bastión en el que hubiesen sido intocables. Pero para hacerlo, claro, deberían haber sabido a tiempo que tenían con qué.
Son todas lindas, tienen manos suaves y se ríen a carcajadas o en silencio, con un profundo brillo en los ojos.
Unas, muy laboriosas, supieron de años estrujando trapos de mugres ajenas. Otras cuidaron abuelos y abuelas de vaya a saber quien… Unas pocas se mimaron, encremándose, perfumándose. En otras, las penas le ganaron a la razón y se pelean con la vida y con todo.
Todas secaron demasiadas lágrimas. Todas. Demasiadas.


Cuando se juntan chusmean, se ríen, comen y a veces salen de fiesta. Si alguna falta a la cita, las demás, ante la duda, se ofenden y empiezan a especular “que seguro el viejo amargo del marido no quiere que venga”, “que la insoportable de la hija es muy absorbente”, “que quizás se enojó la última vez cuando nos reímos del pantalón que se había puesto”... Y ahí aparecen de nuevo las carcajadas y las risitas tapadas de hombros encogidos y las ofensas se pierden en las miradas divertidas.


Ya vivieron más de medio siglo y una todavía se acuerda de las manos toscas del Viejo Rosales palmeándole las piernitas por debajo de la pollera tableada. Celeste era la pollera.
Otra no ha logrado volver a saborear esos caramelos que el padre les traía los sábados, generando un griterío terrible y una lluvia de manotazos para agarrar más, muchos. No porque esos caramelos fuesen los más ricos, sino porque eran únicos y tenían el gustito a la fiesta de hermanas que se armaba atrás de la casucha.
Repiten los mismos recuerdos, las mismas situaciones de maneras totalmente distintas, como cada una las vivió. Pero todas saben que la más chica se equivoca cuando habla del vestido floreado que tenía puesto la madre la última vez que la vieron. Era un vestido, si, pero no son flores lo que ve.
Estas mujeres por momentos tuvieron la vida atada con alambres de púa, no saben de vidas fáciles. Soportaron dolores de todo tipo y tamaño, juntas o distanciadas, y hasta fueron obligadas a separarse por casi 30 años. Pero se buscaron, se encontraron, volvieron a juntarse porque, ellas dicen, la sangre tira.


Se aman, a su manera. Se cuidan y con los años aprendieron a disfrutarse a pesar de los berrinches de una u otra. Los enojos les duran poco porque saben que nada, nada puede ser peor que lo pasado.
Huérfanas sin entenderlo, víctimas no enteradas, han tenido fuerzas como desde la tierra, de abajo y muy adentro para levantarse, para cuidar lo logrado, para defender a hijos e hijas… Y lo más importante: se asumen muchas y distintas, pero una y saben a la perfección que las mujeres somos si nos vemos en otras.


Las mujeres de esa familia podrían haber construido un fuerte, un bastión en el que hubiesen sido intocables, y aunque nadie se los dijo, nadie les avisó que podían, ellas de algún modo supieron armar su fortaleza y a fuerza de ovarios tuvieron su bastión.


Ahora se van preparando, sin saber, para las despedidas. Y cuando llegue cada momento van a hacer el drama necesario para sacar la pena afuera, para empujarla lejos. Después, quizás en medio de algún velorio, en pleno llanto se descubran escondiendo la carcajada provocada por el tropezón del cuñado cargoso o porque una le puso sal al café, por no tener los anteojos puestos.


La alegría, la risa, también las salvaron.

* A ellas y a todas las que fueron, son y serán como ellas, un humilde homenaje.


* Escrito la madrugada del jueves 2 de junio de 2016, esperando el momento de despedir a la tía Irma, la Irmita, como le decimos nosotras.


Imagen: La joven, de Gustav Klimt.


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